Pedir a nuestros paisanos que sean conscientes de las necesidades físicas de quienes viven en países desfavorecidos, pasan penurias, están en situación de violencia o de guerra, no es difícil.
Todos nos conmovemos cuando nos hablan de niños que solo pueden hacer una comida al día y, a veces, incluso, una pobre comida al día. Todos sufrimos viendo imágenes de personas que están hacinadas en los hospitales y a las que no les alcanzan las medicinas que podrían curarlas o, al menos, aliviarlas en su dolor y sufrimiento.
A todos nos motiva ver cómo hay niños y adolescentes que se ven obligados a trabajar para poder llevar algo de “plata” a sus hogares, contando además con que estamos hablando –¿siempre?– de un trabajo inhumano en basureros, de limpiabotas, en duras faenas del campo, ¡en la prostitución! ¿Cómo no vamos a sentirnos angustiados pensando en esas niñas que son obligadas a casarse con tan solo 12 años o a satisfacer los deseos de un viejo verde para poder sobrevivir?
Todo eso nos produce náuseas y damos gracias a Dios por que la Iglesia y muchas otras instituciones están ahí, intentando llevar alivio, consuelo, fuerzas y afecto a quienes sufren tales cosas. En esa sensibilidad coincidimos todos, y pedimos al Señor que nunca nos acostumbremos a esas situaciones de injusticia y de abuso.
Pero hay una jornada que es comprensible tan solo por quienes creemos en Cristo y en su deseo de llevar a todo el mundo la Palabra de Vida, la Palabra de Salvación, la Palabra de Dios.
Se trata de la jornada en la que se nos recuerda que hoy, en el mundo, hay más de 750 seminarios que dependen de nosotros para poder dar formación a miles de jóvenes que están preparándose para ser algún día sacerdotes.
Hay más de 750 seminarios de África, de Asia, de Oceanía y de algunos lugares de América que dependen del Dicasterio para la Evangelización y que, sin la ayuda que desde ahí les llega, proveniente de nuestras aportaciones..., ¡cerrarían las puertas!
Algo así pasó en el siglo XIX con el seminario de Nagasaki, en Japón. El obispo, con una inmensa tristeza, tenía que limitar el número de admitidos por falta de fondos. Y una mujer francesa, Juana Bigard, con la ayuda necesaria de su madre, Estefanía, al enterarse de la situación, se empeñó en que el obispo pudiera volver a acoger a esos seminaristas a los que iba a tener que dejar fuera a su pesar.
Desde entonces, la Iglesia sigue luchando, en palabras de un santo Papa, para que ninguna vocación se pierda por falta de medios.
La Jornada de Vocaciones Nativas, que se celebra en comunión con la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones el IV Domingo de Pascua –es decir, el domingo “del Buen Pastor”, que este año es el 26 de abril–, es justamente ese día en el que salimos al encuentro de los cristianos para preguntarles: ¿quieres tú ser una ayuda para que, en todos esos sitios donde no hay recursos, los jóvenes que lo deseen puedan tener los medios para seguir la vocación que recibieron?
Podría decirse que esta es la jornada más cristiana, porque, en efecto, una situación de necesidad como esta únicamente es comprensible por quien descubre el valor de la vocación sacerdotal (también de la vocación religiosa, porque se ayuda asimismo a la formación de las jóvenes que se incorporan a las congregaciones que nacen en aquellos países de misión).
Los cristianos somos conscientes de la importancia de los sacramentos: poder asistir a la Santa Misa al menos los domingos, poder recibir el perdón de nuestros pecados en la penitencia, poder recibir también ese consuelo del perdón en el momento trágico de una enfermedad mortal, poder celebrar el matrimonio... Y somos conscientes igualmente de la importancia de tener acceso a la Palabra de Dios y a la formación de la conciencia.
Por eso, nosotros sí entendemos muy bien que hay que pedir al Señor que envíe obreros a su mies, y que estos puedan tener los medios que necesitan para llegar a recibir una formación adecuada y una capacitación para ser pastores según el corazón de Cristo. Esos medios van desde las cosas más evidentes (comida, agua, luz...) hasta un lugar donde formarse y convivir, unos profesores y formadores que les ayuden a avanzar, una biblioteca que les sirva para crecer en sabiduría...
En esta Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones “Todos oramos por todos”. Y precisamente en esa atmósfera orante, la Jornada de Vocaciones Nativas, que depende de la Obra de San Pedro Apóstol dentro de las Obras Misionales Pontificias, quiere además movernos a todos los bautizados a colaborar con tantos jóvenes con deseos grandes de consagrar su vida a Cristo y a su Iglesia y que, sin nosotros, no llegarían nunca a conseguirlo. ¿Te apuntas?
José María Calderón. Director de OMP en España



