31 ene. 2019

LA MISION COMO REGALO

Recibimos noticias del P. Juan Núñez... una bonita carta en la que nos cuenta que el pasado 23 de diciembre celebró sus 50 años de sacerdocio en la catedral de Adís Abeba con la presencia del Cardenal, el Nuncio, muchos sacerdotes, religiosas y fieles... os vamos a transcribir el resto de sus palabras... pura alegría y mucho optimismo, un poco lo que nos falta aquí.
" ....Un buen momento para dar gracias a Dios por estos años de los que me siento contento y que volvería a repetir, posiblemente viviéndolos mejor. De ellos, 28 los pasé en Etiopía y espero que la balanza se incline todavía más por los años pasados aquí.
Los libros que traía entre manos estos últimos meses han llegado a puerto, a Dios gracias. El de Adís Abeba fue publicado en Mundo Negro a primeros de diciembre y lo han mandado como obsequio navideño a los familiares y bienhechores. Es una especie de guía a la capital de Etiopía, más historia que guía, un tanto fantasioso pero que me dicen que está gustando. El de la historia de Etiopía, 5ª edición, que salió en abril en Mundo Negro, ha sido traducido al inglés y acaba de ser publicado aquí en Adís Abeba. La embajada española pagó la mayor parte de la edición y organizó una presentación la semana pasada que fue muy concurrida. Te mando el programa que preparó la embajada para el launching.
La película de Miguel Angel Tobías “Me llamo Gennet”, la sordo-ciega etíope, fue estrenada en el festival de Valladolid el 27 de octubre pasado, pero no trascendió al público. Ahora alguien me dice que será presentada en el festival de Málaga del 15 al 23 de marzo. No sé si se hará en ella referencia a mí, por cuanto tuve mucho que ver en los comienzos de la adopción de Gennet y su venida a España y porque el equipo que hace la película estuvo 5 horas rodando aquí en nuestra casa de Adís Abeba.
Unas "memorias" del P. Juan que se publicaron hace un tiempo en "El Faro de Vigo"
Es un secreto a voces que alguien se está moviendo para preparar una “solemne” celebración con motivo de mis bodas de oro sacerdotales. Será en la catedral y se darán cita los pesos pesados de esta pequeña grey que es la Iglesia católica en Etiopía: cardenal, nuncio, obispos, sacerdotes, religiosos y fieles. Se prevé una gran concurrencia. Aunque en este momento no tengo conexiones particulares con la catedral, las tuve, y fuertes, en el pasado, cuando viví allí por seis años como rector del seminario inter-diocesano. Y los que eran entonces seminaristas son ahora los líderes de la Iglesia. El obispo que presidirá la eucaristía no conoció otro formador en sus años de seminario más que a mí.
¿Qué sentir en este momento? ¿Satisfacción?, ¿orgullo?, ¿vanagloria? Uno no es dueño de lo que siente. Lo que sí puedo decir es que, todo otro sentimiento lo que no sea gratitud hacia Quien me ha hecho llegar hasta aquí, si es que lo hay, estaría fuera de lugar.
Años gallegos 
Nací en Casdiego, una minúscula aldea del ayuntamiento de Chandrexa de Queixa, quizá el más aislado y montañoso de la provincia de Ourense. Éramos tres vecinos, pero solo mis padres ya contribuían con 12 hijos, lo que era suficiente para llenar de algarabía la pequeña localidad. Mi madre hilaba y calcetaba; hacía jerseyses, calcetines… Mi padre hacía todo el resto; hasta las “galochas”, calzado con piso de madera, que iba muy bien para la nieve y el barro. Total, un microcosmos.
No busquen Casdiego en el mapa, ni siquiera en Google. No lo encontrarán. El pantano de Chandrexa lo cubrió en 1953. Los trabajos de la presa duraron más de tres años y aquello parecía la crónica de una sumersión anunciada. Yo tenía ocho años cuando cerraron las compuertas y empezó a embalsarse el agua. Vi cómo el rústico puente de palos por el que cruzábamos hacia el vecino pueblo de la Espasa se levantaba de sus bases y flotaba en las mansas aguas que subían y subían. Meses más tarde, el agua llegó a nuestra casa. Entró por la puerta sin pedir permiso; luego por las ventanas y los bastidores de la galería… aquella galería tan acogedora en los días soleados del crudo invierno… Para esa fecha, evidentemente, ya nos habíamos puesto a salvo comprando una casa de labranza en El Burgo de Castro Caldelas, un pueblo de más abolengo, que presumía de restos medievales.
A los 10 años entré en el seminario diocesano de Ourense. Me hubiera muerto de disgusto si mis padres no me permitieran ingresar. Estuve cinco años en el seminario menor y cinco en el mayor. Si me preguntaran por qué quería ser sacerdote, me hubiera visto en un apuro para formular una respuesta. Pero hay un episodio que pone una nota de clarividencia en mi camino vocacional. Parte de mi familia, que había emigrado a Venezuela (la Venezuela de entonces, claro), me insistió que dejara la carrera de cura y me fuera con ellos. Me garantizaban un buen porvenir. A mis 17 años, medité y dije que no. Intuía que Dios de alguna manera había entrado en mi vida y que me quería para Él.
La misión 
Un año después, hubo otro episodio de más calado. Siempre había sentido atracción por las misiones y me decía implícitamente que, si Dios me llamara, estaría dispuesto a ir. Irse de misionero se consideraba entonces un salto cualitativo en la entrega de la propia vida. Leía un libro sobre la vocación misionera cuando, de repente, me dije: “¿pero es que Dios no me está llamando”? Fue tan intensa la “iluminación”, que cerré el libro, me arrodillé y ofrecí a Dios mi vida en la misión. Ya no hubo marcha atrás. Debía escoger un Instituto misionero y escogí los Combonianos. Entré en 1964.
Fui ordenado sacerdote en Valencia en 1968. Soñaba con “salvar almas para Dios” y me veía ya en las selvas africanas. Tuve que moderar mis impaciencias, pues tardaron siete años en mandarme a “las selvas africanas”. Mientras tanto, di clases, fui formador de jóvenes aspirantes, recorrí las parroquias del Levante español hablando de unas misiones que solo había visto con la imaginación.
Por fin, la misión real. Había expresado mi deseo de ser destinado a África; me daba igual la nación que fuera. Y me destinaron a Etiopía, no sin antes hacerme notar honestamente que era una misión particularmente difícil, sobre todo por lo que se refería al idioma. No puse reparos, pero sí que experimentaría que Etiopía era particularmente difícil, no solo por el idioma, sino por la cultura, por el carácter de los etíopes…todo ello complejo y sofisticado. Nadie me dijo, sin embargo, que en esa misma sofisticación residía lo que hace a Etiopía tan única y cautivadora. Eso lo descubrí yo poco a poco, como un arqueólogo que descubre una ciudad encantada tras remover toneladas de tierra.
Llegué en enero de 1976. El primer encuentro con la realidad etíope estuvo agravado por la revolución marxista que acababa de tener lugar y que se proponía erradicar todo resto de religión. ¿Para qué apretar entonces los codos sobre la lengua, si teníamos, quizá, los días contados? Pero las cosas siguieron adelante de manera “casi” normal. Tras unos meses del aprendizaje del amárico, la lengua nacional, fui destinado a una misión llamada Dilla, en el sur. Estaba, finalmente, en el destino por tantos años soñado. Pero de emociones, poco. Todo quedaba mediatizado por infinidad de barreras. Los Sidamo, la tribu en medio de la que trabajaba, tenían su lengua propia y que escasamente entendían el amárico. A afrontar, pues, otra nueva lengua, otra nueva cultura, otros nuevos esquemas religiosos.
Crees que tienes un mensaje importante que trasmitir, un mensaje que viene de Dios, pero te ves impotente para comunicarlo. Crees que Dios debía facilitar las cosas, pues estás ahí para defender su causa, y Dios no parece tener la prisa que tú tienes. Quizá, además, para complicar más las cosas, no acabas de entenderte con quienes forman tu comunidad misionera. Y un día se te ocurre pensar que has errado tu camino. Dichoso tú si un día rompes a llorar como un pobre tonto, porque es como quien toca fondo, da un empujón hacia arriba y sale a la superficie. Fue en mi segundo año de misión cuando algo así me sucedió. Un año más tarde, sin embargo, pude escribir sin traicionar mis sentimientos: “Me siento en mi sitio. No tengo otra meta ni otra ambición que madurar y envejecer bajo este sol de Dilla, lo mismo que veo madurar las papayas”.
Misión multiforme 
Nada de envejecer en Dilla. No llevaba más de cuatro años cuando, inesperadamente me mandaban a Adís Abeba, a iniciar el seminario mayor diocesano. El salto era se me antojó mortal. Ir a Adís Abeba significaba entrar de lleno en la en la cultura clásica, aquella por la que Etiopía es distinta del resto de África. Y significaba entrar en una Iglesia católica formada casi exclusivamente por clero y fieles etíopes que practicaban el rito etíope. El seminario estaba justamente en el corazón mismo de esa Iglesia, en la catedral. Yo era el único extranjero viviendo allí. Un reto así no se podía afrontar con el corazón a medias; o entrabas de lleno o rebotabas. Así que me fui por el medio corazón que había dejado en Dilla y me metí con el corazón entero en la aventura. Por eso dije al comienzo que mis conexiones con la catedral venían de lejos y eran profundas. En ella estuve de 1982 a 1988. El seminario no existía. Había que iniciarlo y lo inicié con cuatro seminaristas. Luego fue creciendo hasta llegar a 33 el sexto año. De los cuatro primeros, tres concelebarán conmigo la misa de mi cincuentenario.
Debo hacer mención de un hecho que tuvo lugar durante esos años y que resultó ser importante para mi futuro. Fue la hambruna de1984-85, que hizo a Etiopía tristemente famosa en el mundo entero. Por un mes largo, fui con los seminaristas a uno de los campos de refugiados. Nunca me había visto ni me vería envuelto tan de cerca en un sufrimiento colectivo tan extremo y lacerante. Ancianos, niños, madres, hombres hechos y derechos… todos vagaban exhaustos, aturdidos, buscando un trozo de pan en donde fuera, hasta que caían en alguna esquina para no levantarse. Y tú debías a veces decidir arbitrariamente a quién salvar la vida metiéndolo en el programa de ayuda y a quien abandonar al destino.
Percibía que estábamos viviendo algo que había que contar, al menos como catarsis. Y escribí un librito en forma de diario, que fue publicado en España con el título “Etiopía, 38 días en el corazón del hambre”. Se leía de un tirón y fue un éxito editorial. Paradógicamente, fue ese libro el que hizo que mi vida misionera diera otro giro copernicano. Me llamaron a España para dirigir la revista Mundo Negro. Eso era en 1988.
Por supuesto, no tenía idea de cómo se hacía una revista. Pero Mundo Negro tenía buenos profesionales, los cuales no esperaban de mí que hiciera la revista, sino que coordinara al equipo y diera ánimos. Intenté hacerlo. El puesto me dio la oportunidad de conocer el continente africano, por el que viajé frecuentemente. Y me ayudó también a escribir con más soltura. En su momento, me atreví a escribir un libro de más calado que el anterior. Se tituló “Etiopía, hombres, lugares y mitos”. Se trataba de una historia de Etiopía narrada no en clave erudita o científica, sino de divulgación. El creciente interés en España por Etiopía, debido principalmente al alto número de niños etíopes adoptados en España, hizo que la obra conociera sucesivas ediciones. La quinta, publicada en 2018, cambiaba de título y de portada y venía a llamarse “Etiopía, entre la historia y la leyenda”.
No llevaba más de cuatro años en Mundo Negro, cuando se me pedía otro tipo de servicio a la misión, esta vez como Superior Provincial de los Combonianos en España. Fue entre 1993 y 1997, fecha en que también ese servicio fue interrumpido bruscamente para pasar a Roma como Asistente General del Instituto. Si, por una parte, andaba lejos de la misión directa, por la otra entendía que también este era un servicio necesario por eso de que no puede haber vanguardia si no hay retaguardia. Los seis años dedicados al servicio de Asistente fueron de continuos viajes, que me permitieron conocer el panorama misionero en la Iglesia de hoy.
Vuela a los comienzos 
Tras 15 años en Europa, en 2004 volvía a Etiopía, a la misión directa. Dios dispuso que justo cuando llegaba, nuestro Instituto estaba iniciando una misión nueva, de vanguardia, en medio de una de las etnias más marginadas de Etiopía: los Gumuz. Eran una tribu de raza nilótica en la frontera con Sudán, despreciados por el resto de los etíopes por su color más oscuro. Pedí ser destinado allí -la única vez que pedí un destino concreto- y se me concedió.
Era el tipo de misión que más se podía parecer a la que soñé en mis años jóvenes: una sabana árida, tostada por un sol justiciero; unas gentes que vivían igual que habían podido vivir 200 años antes; abundante espacio para una labor social en el campo que uno prefiriera: la educación, la promoción humana, la sanidad; tierra virgen para sembrar la semilla del Evangelio… A mis sesenta años, Dios me regaló una hermosa década de trabajo misionero, vivido con la conciencia de que era eso, un regalo.
Como le había ya tomado el gusto a la pluma, desde el primero momento sabía que escribiría algo sobre los Gumuz. Escribir es un ejercicio que ayuda a mantenerse más alerta, a observar con más atención y a formularse juicios que, de lo contrario, hubieran permanecido en la vaguedad. Salieron así dos libros, “Al Norte de Nilo Azul” y “Pequeñas exploraciones”. Cuando parecía que aquí sí que podía “madurar como las papayas”, envejecer y hasta morir sin ser molestado, hete aquí que, a mis 70, otro golpe de timón me arranca de Gumuz y me manda de nuevo a la formación y a la enseñanza. No intenté resistir. Tampoco dije eso de que “me voy pero dejo aquí mi corazón”. He aprendido ya que el corazón lo debes llevar siempre contigo y tenerlo a punto para amar cualquier nueva realidad donde la vida, la obediencia o la Providencia (o las tres a la vez) te ponen.
Conclusión 
Este es mi quinto año como formador de los jóvenes postulantes Combonianos y enseño teología en seminario. Vivo en Adís Abeba, que no es ya la capital de una nación mísera, marcada por las hambrunas, sino de una nación con un desarrollo económico rapidísimo. Y también la ciudad crece, caótica pero fascinante. He querido dedicarle un libro que fuera como un canto. El libro acaba de ser publicado en Mundo Negro. Se titula “Adís Abeba” y es una especia de guía histórica, más historia que guía, a la capital de Etiopía. Preveo que este será mi último año en mi actual tarea. ¿Y después? También a los 75 puede haber cosas nuevas, insospechadas. Y, si no las hubiera, volver entre los Gumuz sería la mayor novedad, el regalo inédito de Dios en mis bodas de oro sacerdotales.
Anécdota
Sucedió en un remoto poblado de los Gumuz, a donde llegar con el coche era una aventura. Me comprometí a hacerles una escuela, ya que la más próxima estaba a tres horas de camino. Un día aparqué el coche debajo de unos frondosos árboles. Nadie me dijo nada, pero todos esperaban que, cuando quisiera encenderlo de nuevo, no lo conseguiría. Tiempo atrás le había sucedido eso a un camión que se cayó por allí. Y coligieron que era el espíritu de los árboles el que lo impedía, porque se había sentido ofendido. Pero a mí me encendió a la primera. Y creyeron que el P. Juan era tan enormemente poderoso que ni los espíritus se atrevían con él. Aquel día gané muchos puntos a sus ojos.
Juan González Núñez






18 ene. 2019

JORNADA DE LA INFANCIA MISIONERA


¿Quieres ayudar a Infancia Misionera?
Miles de niños en todo el mundo dependen de las ayudas que les llega de Infancia Misionera
Los niños de Infancia Misionera, con sus oraciones y pequeños ahorros, ayudan a sus hermanos más necesitados en los territorios de misión. Se cumple así el lema de Infancia Misionera: “Los niños ayudan a los niños”.
Los más pequeños son los primeros colaboradores que entregan generosamente sus donativos para que la Obra Pontificia de Infancia Misionera pueda llevar a cabo proyectos de los que se benefician millones de niños en todo el mundo.
Además de los niños son muchas las personas que durante todo el año envían generosamente sus donativos para Infancia Misionera. Jose María Calderón, director de Obras Misionales Pontificias de España, agradece su colaboración ya que “la cantidad recaudada que va destinada a misioneros que trabajan en hospitales infantiles, escuelas, maternidades o en la labor pastoral con la infancia.” Calderón apunta que “con esos casi 3 millones de euros (recolectados en España) se han podido financiar 516 proyectos en 39 países, con 770.000 niños atendidos.” Pero hay que seguir ayudando a los niños más desfavorecidos con los que trabajan los misioneros españoles en otros países del mundo.
¿Cómo hacer un donativo para Infancia Misionera?
El domingo es la Jornada de Infancia Misionera, las colectas de las misas en las parroquias y de los colegios irán destinadas a esta obra. También puedes entregar un donativo en la Delegación de Misiones de tu diócesis.
Puedes efectuar un ingreso en las siguientes cuentas bancarias de las Obras Misionales Pontificias:
BBVA: IBAN:ES30 0182 1364 3800 1670 0008

BANKIA: IBAN:ES74 2038 1027 5860 0075 5830

LA CAIXA: IBAN: ES19 2100 5731 7902 0008 7079

BANCO SANTANDER: IBAN: ES32 0049 5117 2821 1009 4950

También puedes hacer un donativo a través de nuestra página web https://www.omp.es/haz-un-donativo/

El Papa Francisco invita a los niños a unirse a Infancia Misionera

El Papa Francisco el día de la Epifanía recordó la Infancia Misionera, como la 'Jornada Misionera de los niños'. En España está jornada se celebrará el próximo 27 de enero.
La Jornada de Infancia Misionera es una jornada muy unida a este periodo navideño que hemos vivido, pues tendrá como lema “Con Jesús, a Belén, ¡qué buena noticia!”, presentando este año a los niños la primera, Belén, de las cuatro grandes escenas de la Infancia de Jesús.

El Papa Francisco recordaba en el Ángelus del día de la Epifanía, este 6 de enero, a la Infancia Misionera, que en muchos países del mundo celebra su jornada precisamente ese día. El Papa se dirigió al nutrido grupo de niños italianos presentes en la Plaza de San Pedro: “La Epifanía es también Jornada Misionera de los Niños”, les dijo, “que este año invita a los jovencísimos misioneros a ser atletas de Jesús, para testimoniar el Evangelio en la familia, en el colegio y en sus lugares de juego”.
Además el día 1 de enero un grupo de Sternsinger alemanes, los “cantores de la estrella” de Infancia Misionera, estuvieron presentes en la Misa de Año Nuevo del Papa Francisco. Ellos fueron los que llevaron los “regalos” y las ofrendas al altar, vestidos con trajes de los Reyes Magos y en representación de los 300.000 niños de las parroquias de Alemania que han llevado la bendición a cientos de hogares y recogido donativos para los niños desfavorecidos de todo el mundo.
Como ellos, miles de niños en toda España, se han unido durante este tiempo de Navidad siendo Sembradores de Estrellas, anunciando que Jesús nace para todos. Y se han llevado a sus casas la Hucha del compartir en las que pondrán sus pequeños ahorros para ser solidarios ayudar a los niños de las misiones que tienen menos.
Todos estos niños están invitados a seguir creciendo con Jesús como pequeños misioneros y para ello ya están listos todos los recursos que pueden ayudarles para participar de la Jornada de Infancia Misionera 2019 que celebraremos el próximo 27 de enero con el lema “Con Jesús, a Belén, ¡qué buena noticia!”

José María Calderón Castro: Nuevo director nacional de OMP

Actualmente era el subdirector nacional de Obras Misionales Pontificias. 
18/01/2019. Nota de Prensa
La Santa Sede, a través del prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, cardenal Fernando Filoni, ha nombrado a José María Calderón Castro director nacional de Obras Misionales Pontificias (OMP), para el próximo quinquenio (19 de diciembre 2018 - 18 de diciembre 2023).
José María Calderón nació en Madrid en 1963. Ordenado en 1989, ha ejercido su ministerio sacerdotal en diversas parroquias de la diócesis de Madrid. Se licenció en Teología -especialidad en Moral-, y ha sido, entre otras muchas tareas, consiliario diocesano de Acción Católica, consiliario diocesano de Manos Unidas y desde 2007 delegado episcopal de misiones y director diocesano de OMP de Madrid. Muy vinculado al mundo misionero, ha colaborado con las Misioneras de la Caridad como capellán y confesor, y ha tenido experiencias misioneras de verano con jóvenes en países como Etiopía, Cuba, Sierra Leona y República Dominicana entre otros.
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