16 oct 2018

CAMBIA EL MUNDO

Monseñor Juan Antonio Menéndez, Obispo de Astorga, se dirige en estas letras a los diocesanos invitando a los jóvenes  a ser misioneros,  y a todos nosotros a colaborar con nuestra oración y aportaciones. 

Queridos diocesanos:
Todas las generaciones de jóvenes se han propuesto cambiar el mundo, han querido llevarlo hacia cotas de mayor humanidad, progreso y libertad. En algunos casos las revoluciones juveniles han alcanzado objetivos muy loables cuyos frutos llegan hasta nosotros; pero en otros casos se ha retrocedido. Cambiar el mundo por cambiarlo no tiene sentido. Si deseamos cambiar el mundo es para mejorarlo. Esto no es fácil; pero es necesario intentarlo siempre.
La misión de Jesús no fue otra más que la de cambiar el mundo para bien. Anunció el Reino de Dios y pidió la conversión del corazón del hombre según la voluntad de Dios. Él se entregó a la muerte y una muerte de cruz para redimir el mundo esclavizado por el pecado y por la muerte. Esta es la Buena Noticia que desde hace dos mil años la Iglesia anuncia a la humanidad con palabras y con obras. Pero no olvidemos que todo cambio, también el cambio del mundo, requiere la conversión del corazón del hombre para que, abandonando el pecado, viva la nueva vida en el Espíritu de Cristo resucitado y de este modo se renueve la faz de la tierra.
El mundo no se cambia, pues, empleando sólo nuestras fuerzas, es necesaria la gracia de Cristo que cambia el corazón y la mente del hombre y la orienta hacia el bien y la justicia. La presencia de las misiones católicas en muchos países cambian la fisonomía social y cultural del lugar porque el misionero es, ante todo, portador de la nueva vida del Reino de Dios. Este cambio no es superficial sino profundo porque la verdadera evangelización es aquella que acerca al corazón del hombre y de la cultura la misericordia de Dios por la cual quedan transformados en una nueva vida y un nuevo mundo.
El Santo Padre, en el Mensaje para esta Jornada, invita a los jóvenes a llevar el evangelio a todos. Los jóvenes, en general, siempre manifiestan el deseo de cambiar el mundo de hacerlo más justo y pacífico. No tienen miedo a ningún obstáculo que se les ponga delante cuando están ilusionados y convencidos de los proyectos que desean llevar a cabo. En nuestra diócesis, décadas atrás, muchos jóvenes de las parroquias sintieron la llamada a ser misioneros decidieron salir de su casa, dejar a su familia y enrolarse en una ventura misionera dentro del marco de una Congregación religiosa, un Instituto Secular o como sacerdotes diocesanos.
En este año de la Santidad quisiera presentaros como modelo de misionero a San Lucas del Espíritu Santo, nacido en Carracedo de Vidriales (Zamora). A los veinte años se presentó voluntario para ser misionero dominico allí donde fuera más necesario. Después de ir a Méjico donde se ordenó sacerdote, lo enviaron a Filipinas y posteriormente al Japón donde murió martirizado el mismo día de que cumplía 39 años de edad. Su actividad misionera es impresionante. En tan sólo 29 años fue capaz ir de un extrema al otro del mundo con la única intención de predicar el evangelio y resistiendo los peligros y con las precarias formas de comunicación marítima de aquel entonces.
A vosotros, queridos jóvenes, os pregunto directamente: ¿No estaríais dispuestos a ir a las Misiones como San Lucas del Espíritu Santo y dar testimonio y compartir la fe con aquellos que no conocen al Señor ni saben amar como Cristo ama? Vosotros que estáis tan preparados porque habéis tenido muchas oportunidades para estudiar, preguntaros si no podéis dedicar una parte de vuestra juventud a compartirla con los que menos tienen y a cambiar el mundo ofreciendo vuestros conocimientos a los que no saben ni siquiera leer ni escribir. Esta propuesta que os haga no es algo imposible. Otros jóvenes lo están haciendo y están muy satisfechos de la experiencia. En varias ocasiones he podido escuchar con verdadera emoción el testimonio de jóvenes misioneros católicos que, bajo la guía de misioneros veteranos, acuden todos los años en sus vacaciones a trabajar en las Misiones. Algunos reciben tal impacto que se quedan allí para siempre.
Celebremos esta Jornada de las Misiones renovando nuestro deseo de contribuir al cambio de este mundo con nuestra pobre aportación. No desestimemos nuestra aportación. Recordad aquel dicho de Arquímides: “Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”. Ese punto de apoyo podemos ser cada uno de nosotros sostenidos por la gracia de Dios. Es mucho lo que cada uno pude hacer para transformar la realidad mundial si lo hace cumpliendo la voluntad de Dios.
† Juan Antonio, obispo de Astorga
             

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