24 may. 2013

“¡Cada uno de nosotros debe ser evangelizador, sobre todo con la vida!”, dice el Papa Francisco


OMPRESS-ROMA (23-5-13)

El Papa Francisco, en la audiencia general de ayer miércoles 22 de mayo, decía a los fieles reunidos en la Plaza de San Pedro que cada uno debe ser evangelizador y, citando las enseñanzas misioneras de la exhortación apostólica de Pablo VI, en la Evangelii Nuntiandi, recordaba cuál es la vocación misma de la Iglesia, evangelizar.

“En el Credo, tras la profesión de fe en el Espíritu Santo, decimos: «Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica». Hay un lazo profundo entre estas dos realidades de fe: el Espíritu Santo es quien da vida a la Iglesia y guía sus pasos. Sin la presencia y acción incesante del Espíritu Santo, la Iglesia no podría cumplir su misión de ir y hacer discípulos de todas las naciones. Esta misión no es sólo de algunos, sino la mía, la tuya, la nuestra”.
Insistía el Papa: “¡Cada uno de nosotros debe ser evangelizador, sobre todo con la vida! Pablo VI subrayaba que «evangelizar… es la gracia y la vocación misma de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar». ¿Quién es el verdadero motor de la evangelización en nuestra vida y en la Iglesia? Pablo VI lo escribía con claridad: «El es quien, hoy igual que en los comienzos de la Iglesia, actúa en cada evangelizador que se deja poseer y conducir por El, y pone en los labios las palabras que por sí solo no podría hallar, predisponiendo también el alma del que escucha para hacerla abierta y acogedora de la Buena Nueva y del reino anunciado». Para evangelizar, es necesario abrirse al horizonte del Espíritu de Dios, sin temor de lo que nos pida y a dónde nos guíe. ¡Confiemos en Él! Él nos hará capaces de vivir y dar testimonio de nuestra fe, e iluminará el corazón de aquellos con quienes nos encontremos. Esta ha sido la experiencia de Pentecostés”.

El Papa Francisco señalaba que el primer efecto que experimentaron los apóstoles reunidos con María en el Cenáculo fue la unidad, la comunión: “En Babel, según el relato bíblico, había comenzado la dispersión de los pueblos y la confusión de las lenguas, fruto del gesto de soberbia y de orgullo del hombre que quería construir con solo sus propias fuerzas, sin Dios «una ciudad y una torre cuya cima tocara el cielo». En Pentecostés se superan estas divisiones. No hay ya orgullo contra Dios, ni cerrazón de unos hacia otros, sino apertura a Dios, salir para anunciar su Palabra: una lengua nueva, la del amor que el Espíritu Santo vierte en los corazones; una lengua que todos pueden comprender y que, acogida, puede expresarse en cada existencia y encada cultura. La lengua del Espíritu, la lengua del Evangelio es la lengua de la comunión, que invita a superar cerrazones e indiferencias, divisiones y contraposiciones. Debemos preguntarnos todos: ¿cómo me dejo guiar por el Espíritu Santo de manera que mi vida y mi testimonio de fe sea de unidad y de comunión?”.

El segundo elemento, señalado por el Santo Padre, es “la valentía de anunciar la novedad del Evangelio de Jesús a todos, con franqueza (parresia), en voz alta, en todo momento y en todo lugar”. Pero “una Iglesia que evangeliza debe partir de la oración, del pedir, como los Apóstoles en el Cenáculo, el fuego del Espíritu Santo. Sólo la relación fiel e intensa con Dios permite salir de las propias cerrazones y anunciar con parresía el Evangelio. Sin la oración nuestro actuar se vuelve vacío y nuestro anunciar no tiene alma, y no está animado por el Espíritu”.

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