9 oct. 2016

Desde Argentina: Ricardo Aparicio

Son casi 47 años desde que dejé la entonces boyante España, una carrera recién terminada y algunas expectativas aceptables. Y me vine a estas tierras a compartir con gente humilde, de lo más pobre y marginado de Argentina. Y entre los pobres siento que me enriquecí más de lo que podía esperar.
Yo sé que cuando ustedes nos piden a los misioneros que escribamos algo, nos imaginan ricos, y esperan que compartamos con ustedes algo de esas riquezas que nos sobran. No sé si es tan así, pero hoy siento la tentación de compartirles un poco de la riqueza que Dios me ha regalado. Es: mi testimonio.Cuando llegué a estas tierras, después de un Concilio Vaticano cargado de cambios, ilusiones y esperanzas, yo venía muy dispuesto a dar -incluso a darme- a estas pobres gentes para sacarles de la ignorancia y el subdesarrollo económico, cultural, religioso... ¡Pobre iluso! Con el tiempo fui cayendo en la cuenta de que la riqueza de la persona consiste más en “recibir” que en “dar”. Me ha enriquecido mucho el saber aceptar y compartir agradecido el “mote”, el mendrugo de pan duro de maíz o el plato de sopa, sentado con ellos en el tronco del sauce al abrigo y al sol del patio. Me ha enriquecido el poder asimilar la cultura milenaria de saber esperar el tiempo oportuno, de saber resistir la adversidad, de estar seguros que “no hay mal que dure 100 años”, y constatar una moral tan sencilla encerrada en tres mandamientos: “No robes” – “no mientas” – “No seas flojo”.
Después, sí, he tratado de aportar mi “sabiduría” práctica y hemos podido construir caminos a lugares muy apartados en la montaña (más de 80 kms. en total), Agua corriente para las viviendas muy dispersas por los campos (en 20 comunidades), Agua para riego (en 12 comunidades), iglesias, salones comunitarios y otras. Pero siempre “con” la gente, no “para” la gente, poniendo ellos su voluntad, sus conocimientos y el trabajo. Fueron ocasión de compartir muchas cosas y de aprender también mucho. Tantos proyectos fueron también ocasión de compartir ilusiones y sueños misioneros con amigos y ONGs de España.
Hoy comprendo y valoro que el éxito está en compartir, en aprender unos de otros, los de acá y los de allá, y en poner cada uno lo que tiene: el dinero, la voluntad, el trabajo, los conocimientos prácticos. No hace falta mucha tecnología. Yo únicamente utilicé un clinómetro y una cámara de fotos. Lo más utilicé fue: la compasión para acercarme al otro y padecer sus necesidades, la capacidad de escucha, la paciencia; valorar el aporte de los pobres y su capacidad de organización. Sin papeles, sin reloj, sin dogmas…
Casi he llegado a viejo (tengo 80 cumplidos), me cuesta arrancarme de este entorno. Sé que volveré al puerto de origen, a la casa antigua que siento muy aviejada, sin niños, sin juventud, sin ilusiones… Volveré, pero creo que será cuando ya no pueda seguir remando “mar adentro”.
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