14 oct. 2016

El misionero Juan González Núñez

“Abraham podría ser muy bien el patrono de los misioneros”

OMPRESS-ETIOPÍA (14-10-16) Con motivo del DOMUND 2016, este año con el lema “Sal de tu tierra”, el misionero comboniano en Etiopía, Juan González Núñez, comparte su propia visión sobre este lema y lo que significa para el misionero.

Nacido en Puebla de Trives, Ourense, empezó su labor misionera en el sur de Etiopía, entre la etnia de los sidamo, en el Vicariato de Awasa. Fue entonces cuando aprendió el amárico. Después sería consejero general de su congregación, pero siempre ha acabado volviendo a su querida Etiopía, en la que también ha vivido durante años entre los gumuz, otra de las etnias de este gran país. Incluso ha escrito libros sobre su experiencia misionera entre estas etnias etíopes.

“Sal de tu tierra. A Abraham le debió seguir resonando en los oídos aquella frase que había puesto su vida del revés. Y quizá se preguntara en más de una ocasión si, en realidad, la había oído o la había soñado. Pero nunca jamás se le ocurrió volver atrás. No sólo, sino que por su hijo Isaac está dispuesto a aceptar cualquier cosa, por indigerible que sea (como que se case con una cananea) con tal de que no vuelva a la tierra que él dejó un día.

Parece que Dios le promete otra tierra a cambio de la que deja, pero no es así. Abraham nunca tendrá otra tierra que equivalga a la tierra de sus padres, la de Ur. Es cierto que Dios le enseña la tierra de Canaán y le dice que será suya, y él anda por ella casi como si lo fuera, pero no lo es. Cuando muere, sólo la cueva de Macpela, donde sepulta a su mujer, es posesión suya. Todo lo demás es pura promesa, camino hacia adelante, esperanza de poder aferrar algo que nunca tuvo mientras vivió. Eso le permite ser el hombre de todos.


Abraham podría ser muy bien el patrono de los misioneros. Digamos, al menos, que la frase que le puso en movimiento es la que ha puesto en movimiento a cada misionero. Hace ahora 52 años que yo, un misionero ourensano más entre los muchos, decidí de manera consciente y deliberada dejar atrás un escenario geográfico y una previsible trayectoria de vida que me resultaba familiar para seguir una ‘supuesta’ llamada de Dios. Tenía 20 años. Desde entonces, he caminado mucho y por muchos escenarios tanto geográficos como culturales y espirituales. Se dice siempre que lo específico del misionero es el ‘salir’ a otras naciones, a otras culturas. Lo sigue siendo; lo que cambió es que, antes, el movimiento era unidireccional, de Europa hacia África, América… Ahora es multidireccional, pero implica siempre salir.

Y no se sale de una tierra para ligarse uno de manera exclusiva a otro pueblo determinado, ‘a mi primera misión’. Hay en el misionero algo de abierto, de universal. Debe ser el peregrino que es de todos, y nada ni nadie es posesión suya. Lo experimenté vívidamente el día que dije adiós a los gumuz, con quienes había compartido nueve intensos años. Escribí entonces: ‘Las fidelidades hasta la muerte en este mundo contingente son malsanas. Y más para un misionero cuya vocación es la movilidad. El amor nunca es posesivo; deja, si puede, un rastro de perfume y vuela a otra parte. Otros amores esperan, a los que hay que dar lo mejor de uno mismo, sin decirles que se llega a ellos sólo con la mitad del corazón, porque la otra mitad se ha quedado atrás’”.

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