16 oct. 2016

JUAN NÚÑEZ... SALIÓ DE SU TIERRA

Bienvenido el eslogan que resonó en mi interior y por el que dejé mi patria chica orensana (la de Chandrexa de Queixa en concreto) y una trayectoria de vida más o menos previsible, para marchar a la tierra que el Señor me indicaría. De eso hace ahora 52 años. Por supuesto, no seguía un eslogan, sino algo que yo identificaba como una llamada de Dios. Tampoco Abraham, me imagino, dejó su tierra de Ur siguiendo un eslogan, sino la voz del que poco a poco se iría identificando como la voz del Dios en quien creyó. Pero el eslogan de este año me hace revivir todo eso.
La tierra que el Señor me indicaría fue la de Etiopía. Me fui a ella por primera vez en 1976 y allí sigo desde entonces salvo alguna interrupción. Durante esos 40 años, he compartido mi vida con diversas etnias; con los sidamo durante los 5 primeros años, con los gumuz los nueve últimos. En medio hubo años de servicio en la formación de los futuros sacerdotes. Los gumuz eran (y son) una de las etnias más pobres y marginales de Etiopía donde la evangelización comenzaba de cero.
A lo largo de estos años, me he sentido siempre identificado con Abraham, que para mí fue el primer misionero. No lo digo por decirlo. Si Dios lo llamó y le hizo salir de su tierra fue para que “todos los pueblos fueran benditos en él”. Abraham anunciaba al Dios verdadero con su presencia y su vida más que con su palabra y hacía que otros pueblos lo invocasen.
La tierra que Dios “indica” a Abraham no es una tierra como la que acaba de dejar atrás. Cierto, se llama Canaán y Abraham se mueve por ella. Pero Dios se la da y no se la da. Es suya pero no acaba de serlo. Abraham acabará siendo un hombre universal, de todos y de nadie. Todo es suyo y nada lo es. Tampoco el misionero deja su tierra para adoptar otra y pertenecer permanentemente a ella. Su vida es y debe ser marcada por la provisionalidad, pero también por la intensidad. Debe darse todo aquí y ahora de la manera más rápida y radical posible, pero sin echar raíces, sin querer poseer ni dejarse poseer de manera exclusivista.
En mi libro Pequeñas exploraciones, escrito al momento de dejarlos tras nueve años de intensa permanencia entre ellos, expresaba esta misma idea con las siguientes palabras: “El amor no es nunca posesivo; deja, si puede, un rastro de perfume y vuela a otra parte. Otros amores esperan, a los que hay que dar lo mejor de uno mismo, sin decirles que se llega a ellos con la mitad del corazón, porque la otra mitad la hemos dejado atrás”. (Pequeñas exploraciones, Mundo Negro, 2014).
P. Juan González Núñez
Desde Etiopía








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