3 nov. 2014

“La alegría resurge de las cenizas”

Juan González Núñez, es un misionero comboniano nacido en Chandrexa de Queixa, Ourense. Tanto en esta delegación, como en la delegación de Ourense, donde se le aprecia en su valía, hemos hablado de él alguna vez, de los libros que ha escrito,  de su vida entre los gumuz de Etiopía. Desde allí nos manda su testimonio misionero para esta campaña del Domund:

“La vida del misionero es a veces una alegría que resurge de sus cenizas, como el ave Fénix, mientras tenga sus raíces hundidas en la fe, mientras no desconecte los lazos de comunicación con Aquel en nombre del cual está faenando en algún rincón de esta enorme “finca” que es la viña del Señor”.

"Ha llovido por primera vez después de la larga estación seca sobre esta tierra de color negruzco donde el sol agostó la hierba que había crecido esbelta en la anterior estación de lluvias. Con las nuevas lluvia, el suelo reseco y agrietado, duro como una piedra, se infla y esponja. Caminar sobre él es como caminar sobre una mullida alfombra que se hunde ligeramente bajo los pies. Dentro de una semana despuntarán tenues brotes de hierba que irán cubriendo de verde todo cuanto se extiendo a la vista.
Renace la vida, renace la esperanza de que, un año más, la madre tierra dará el fruto a su debido tiempo, de que los animales darán nuevas crías, de que nuevos hijos seguirán saliendo del vientre abultado de las madres; seguirán creciendo, haciéndose hombres, engendrando nuevos hijos….
Y me digo a mí mismo: RENACE LA ALEGRÍA aunque no exactamente igual que la hierba. No hay unas alegrías nuevas cada vez, sino una única alegría, un tronco añejo que hunde sus raíces en la fe que me ha traído hasta este lugar fronterizo, apartado de todo centro de desarrollo o de poder, de todo centro de noticias… para traer la Buena Noticia de Jesús. A veces, esa alegría se la ve un poco marchita, sus hojas mustias que cuelgan desganadas de la rama que las soporta. Y vuelve la lluvia en forma de un fruto apostólico inesperado, de una tribulación propia o ajena que te saca de la rutina de cada día, en forma de una misteriosa e inexplicable brisa que sopla sobre el alma. Y las hojas se ponen de nuevo tiesas, brillantes, apuntando hacia lo alto.
Y me digo de nuevo a mí mismo: así es la vida del misionero… una alegría que resurge de sus cenizas, como el ave Fénix, mientras tenga sus raíces hundidas en la fe, mientras no desconecte los lazos de comunicación con Aquel en nombre del cual está faenando en algún rincón de esta enorme “finca” que es la viña del Señor. "



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